EL PODER SIN SENSIBILIDAD ES SOBERBIA
Lo ocurrido en el Hospital Regional de Veracruz pudo haber sido una oportunidad para demostrar sensibilidad, humildad y oficio político. Pero terminó convertido en otra controversia que trasciende las fronteras del estado.
Y lo lamentable no es solamente el costo político para Rocío Nahle. Lo verdaderamente triste es que, una vez más, la discusión pública gira alrededor de la reacción de una gobernante y no de las necesidades de quienes acuden a un hospital buscando atención, medicamentos y, muchas veces, una esperanza.
¿Qué tan difícil era escuchar a Cora?
Bastaba con permitirle acercarse, escuchar sus reclamos, abrazarla si ella lo aceptaba e invitarla a comprobar juntas el abasto de medicamentos. Y si había faltantes, reconocerlos, tomar nota y ordenar una solución. Sin discursos, sin confrontaciones, sin necesidad de convertir una exigencia ciudadana en un problema político.
Hasta pudo haber salido junto a ella a dar una entrevista. Reconocer su activismo, agradecer su insistencia y demostrar que una mujer que exige atención médica para los demás no es una enemiga del gobierno.
Eso se llama oficio político. Pero, sobre todo, se llama humanidad.
Y no, esta vez no me produce ninguna satisfacción cuestionar a Rocío Nahle. Al contrario.
Es profundamente decepcionante observar la falta de sensibilidad que proyecta quien hizo historia al convertirse en la primera mujer gobernadora de Veracruz.
Porque había expectativas. Muchas.
No voté por Rocío Nahle. Tampoco por Claudia Sheinbaum. Pero esperaba, sinceramente, que ambas me callaran la boca. Que sus resultados me obligaran a reconocer que estaba equivocada. Que demostraran que el ejercicio del poder podía tener otra dimensión, una donde la firmeza no estuviera peleada con la empatía y la autoridad no necesitara imponerse sobre el ciudadano.
Lamentablemente, hasta ahora, mi percepción es exactamente la contraria.
Y eso no me alegra. Me entristece.
Porque cuando el ego se convierte en soberbia, la arrogancia termina ocupando el lugar de la sensibilidad. Y cuando eso sucede, escuchar una crítica se vuelve una afrenta, reconocer un error parece una derrota y aceptar una realidad incómoda se interpreta como darle la razón al adversario.
Pero gobernar no es ganar todas las discusiones. Gobernar es resolver los problemas, incluso cuando quienes los denuncian no simpatizan contigo.
Hay algo particularmente doloroso en este episodio. De acuerdo con los videos y las crónicas periodísticas, una integrante de la escolta empujó a Cora de Jesús Rodríguez cuando intentaba acercarse a la gobernadora. Y Nahle, en lugar de desactivar la confrontación, terminó cuestionando su condición de madre.
¿Era necesario llegar a eso?
La gobernadora informó que encontró un abasto superior al 95 por ciento en medicamentos oncológicos, pero también reconoció que el suministro general apenas rebasa el 70 por ciento. Es decir, ni siquiera sus propias cifras permiten hablar de un abastecimiento completo.
Entonces, ¿por qué tanta resistencia a escuchar a quienes denuncian las carencias?
Y aquí entra también Claudia Sheinbaum.
No basta con que una presidenta y una gobernadora recorran hospitales, presenten cifras y aseguren que trabajan todos los días. La realidad de un país no se mide únicamente desde las oficinas de gobierno ni desde las estadísticas que sus colaboradores colocan sobre un escritorio.
Se mide también en las farmacias donde una receta no puede surtirse, en las familias que organizan colectas para conseguir insumos médicos y en los padres que tienen que salir a protestar mientras sus hijos enfrentan enfermedades que no esperan a que la burocracia se ponga de acuerdo.
Resulta especialmente decepcionante que, teniendo México por primera vez una mujer en la Presidencia y Veracruz por primera vez una gobernadora, no estemos viendo la sensibilidad política que muchos esperábamos. No porque las mujeres tengan la obligación de ser más comprensivas que los hombres, sino porque ambas llegaron al poder con la posibilidad histórica de demostrar una forma distinta de ejercerlo.
Y hasta ahora, en episodios como este, esa oportunidad parece desperdiciarse.
Tener carácter es indispensable para gobernar. Tomar decisiones difíciles también. Pero no hay carácter más valioso que el de una autoridad capaz de reconocer públicamente que se equivocó.
Ese es, precisamente, uno de los grandes problemas que observo en Morena. No en todos sus integrantes, pero sí en una parte importante de sus cuadros fundadores, dirigentes y gobernantes: una visión tan radical y cerrada de la política que pareciera no admitir otra verdad que la propia.
Si alguien cuestiona, es opositor. Si denuncia, exagera. Si protesta, busca protagonismo. Y si los medios documentamos lo ocurrido, seguramente habrá quienes terminen responsabilizando a los reporteros por hacer su trabajo.
Como si el problema fuera quien muestra la herida y no quien se niega a atenderla.
Qué enorme distancia existe entre el México que se presume desde el poder y el México que padecen millones de ciudadanos.
Uno tiene discursos, porcentajes, conferencias y explicaciones. El otro tiene miedo, hospitales con necesidades, inseguridad, familias desesperadas y ciudadanos cansados de exigir lo que por derecho les corresponde.
Y no, tampoco se trata de negar cualquier avance o esfuerzo gubernamental. Se trata de entender que los aciertos no borran los errores y que ningún resultado administrativo justifica tratar con desdén a quien reclama atención.
Rocío Nahle todavía puede rectificar. Claudia Sheinbaum también puede demostrar que escuchar las críticas no debilita su autoridad. Pero para eso hace falta algo que ningún cargo, ninguna elección ganada y ninguna mayoría legislativa pueden garantizar: humildad.
Porque la soberbia es peligrosa en cualquier persona, pero en quien gobierna se vuelve todavía más grave. Desde el poder se toman decisiones que afectan vidas, y cuando una autoridad empieza a confundir sus convicciones con verdades absolutas, corre el riesgo de dejar de escuchar precisamente a quienes más la necesitan.
Hoy no me interesa celebrar el desgaste político de Nahle. Me preocupa que Veracruz pierda tiempo entre confrontaciones mientras hay problemas urgentes por resolver.
Me entristece que dos mujeres que alcanzaron los cargos políticos más importantes del país y del estado no hayan logrado, al menos en estos momentos, estar a la altura de la sensibilidad que sus responsabilidades exigen.
Y me preocupa todavía más que el poder termine acostumbrándolas a creer que reconocer un error es humillarse.
Qué triste para Veracruz. Qué triste para México. Pero, sobre todo, qué triste para los ciudadanos que siguen clamando justicia, salud, seguridad y empatía.
No necesitamos gobernantes débiles ni complacientes. Necesitamos autoridades firmes, capaces, con carácter y resultados. Pero también con sensibilidad para escuchar, humildad para rectificar y valor para aceptar sus errores.
Porque al final, gobernadora, presidenta, no se trata de quién tiene la razón. Se trata de quién tiene la responsabilidad.
Y esa responsabilidad, les guste o no, es de ustedes.
SIN MORDAZA| Viridiana Reyes


